El enfado es algo que trabajo muy habitualmente con «mis amigos y amigas de diferentes años» y sus papás en consulta. Por lo general existe la creencia, sobre todo en los niños, de que «enfadarse» es algo negativo, algo que hay que evitar. Sin embargo, el enfado es la manera que tenemos de poner límites, defender nuestros derechos y ser sinceros con nosotros mismos.
No debemos evitar enfadarnos, sino aprender a hacerlo de forma respetuosa con los demás y con uno mismo.
Por qué les cuesta tanto a los niños
Según la edad, a los niños les resulta muy costoso expresar verbalmente lo que sienten como lo haríamos los adultos. Su vocabulario es limitado y su cerebro prefrontal —el área encargada de los procesos racionales, la planificación y el autocontrol— está todavía en desarrollo y no es suficientemente «poderoso» como para controlar al cerebro emocional, que en un enfado está a pleno rendimiento.
Por eso es tan importante enseñarles a reconocer sus emociones y a expresarlas de una manera sana.
Qué hacer cuando el niño tiene una explosión de enfado
Cuando un niño tiene una explosión, es positivo expresarle lo que le está sucediendo: nombrar la emoción, describir su comportamiento y darle estrategias para canalizar ese enfado de forma constructiva.
Por ejemplo: «Javi, veo que estás enfadado porque estás gritando mucho y llorando. Me da la sensación de que no te gusta lo que te he pedido. Es normal, a mí también me pasa. Pero intento no hacer daño a nadie y estar más tranquila para poder buscar una solución.»
Sí, lo sé… esto es muy fácil de decir y muy difícil de hacer cuando el pequeño está echando fuego. Pero si consigues llegar a esta fase, siéntete muy orgullosa/o: es difícil de manejar.
El siguiente nivel: la calma
Continúa con algo así: «Si quieres lo hablamos cuando estés más tranquilo. Podemos buscar un sitio donde puedas relajarte solo o los dos juntos, puedes respirar profundamente… y cuando estés más sereno lo hablamos y lo solucionamos.»
La clave: la empatía
En los momentos de enfado, lo que menos ayuda es que alguien nos grite o nos diga que lo estamos haciendo mal. Lo mismo les pasa a los niños. La clave siempre está en la empatía: conectar con lo que sienten antes de intentar corregirlo.
Los niños también necesitan desahogarse, calmarse y después poder pensar con claridad. No solo lo necesitan, sino que necesitan aprenderlo. Y eso lo aprenden con nuestra ayuda.